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La estetica del plano, la luz y el movimiento,

at Universidad Interamericana, metro venue. 

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En la Galería del CAI de nuestro recinto, la obra de Eduardo Cabrer cautiva por el rigor de sus planos geométricos, la soltura de sus líneas y un constante juego visual entre luz y movimiento. Detrás de la delicada sutileza estética que define a esta muestra, subyace una madura indagación filosófica sobre cómo percibimos y reinterpretamos nuestro entorno. Cada plano, experimentado como posibilidad de ser de la realidad lineal, doblada en gestos y movimientos siempre cambiantes, expresa la intensa capacidad analítico-reflexiva del artista desde la observación detallada. Una óptica que nos reta a pensar que, a diferencia del axioma que dicta que el todo es igual a la suma de sus partes, en la propuesta intuitiva de Cabrer, este principio pierde vigencia. Pues cada pintura, escultura o móvil suspendido en el espacio se nos presenta como una sucesión infinita de objetos y efectos resultantes de la simbiosis entre espacio, plano y movimiento. A lo anterior hay que sumar el papel que la luz, como parte intrínseca de la realidad, ejerce al producir efectos que redefinen a cada instante nuestra percepción. Observar su obra requiere dejarse abrazar por el reto de una atención múltiple y sensible a la contemplación lúdica de sus objetos y esculturas en el espacio. Esto ocurre en el justo momento en que categorías como género e identidad pierden toda su vigencia como referentes discursivos o filtros de análisis, lo que nos induce a contemplar la neutralidad de la forma, el color, la luz y el movimiento como una experiencia intersubjetiva envolvente que nos unifica más allá de los lenguajes binarios. Es una convocatoria a una suerte de hibridación cultural globalizante que, a la vez que borra fronteras, consolida el disfrute estético como una experiencia cultural vinculante. Se trata, pues, de permitir que la contemplación nos lleve a una catarsis como purificación pausada de nuestra mirada ante la realidad de los objetos que observamos. En la serie de obras Introspección, en sus distintas numeraciones, podemos advertir la transparencia y la superposición de formas y planos que nos elevan hacia esa contemplación múltiple a partir de juegos en dos y tres dimensiones. Estos elementos se tornan aún más evocadores cuando la madera surge en absoluta armonía con el todo, mediada por la forma y los colores que le acompañan. Cada obra se nos presenta como conjuntos de formas geométricas en dos y tres dimensiones, o series de planos que cambian con la simbiosis entre luz y sombra. Es algo así como una afirmación de la mirada del artista de aquello sobre lo que la física cuántica nos plantea al señalar que no existe el vacío absoluto, sino que todo espacio está ocupado siempre en su nivel molecular con campos de energía que hacen del cambio su marca permanente. Y eso es lo que Cabrer nos propone observar con los móviles: pequeñas esculturas flotantes que, suspendidas en el espacio, nos remiten a la presencia de energías invisibles, pero siempre presentes y, que mantienen la realidad en permanente cambio sin agotar sus formas de representación. Cada una de las obras induce la mirada del espectador hacia la observación detallada en donde el equilibrio, la pureza de los planos, el color y el movimiento retan las complejidades de la vida con líneas puras y limpias, acompañadas por planos perfectamente sobrepuestos en lenguajes de colores que nos sugieren la presencia de la luz como vehículo de expresión y apreciación. En ese punto, cada obra alcanza un carácter paradigmático y autorreferencial que se abre a la mirada intuitiva del espectador. De este modo, contemplar el trabajo de Cabrer no es un acto pasivo, sino una invitación a sintonizar con ese flujo invisible de la energía donde la abstracción geométrica se convierte en un espejo del universo en constante vibración y devenir mediada por la mirada del artista. Salomón Barrientos Ph. D.

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